Slow Shop granel y la gentrificación del plato: como se ha comprado siempre
Hace poco descubrí el término gentrificación del plato. Y cuando lo leí, algo encajó.
No porque me describiera a mí. Sino porque describía exactamente lo que llevo años intentando combatir sin saber cómo llamarlo.
«Es como una tienda de las de antes, pero bonita»
Cuando estaba preparando la apertura de Slow Shop granel en Cantabria, en 2024, vino un repartidor a traerme mercancía. Echó un vistazo a la tienda — los dispensadores, los botes uniformes, la luz — y me dijo:
«Es como una tienda de las de antes, pero bonita.»
Me encantó ese comentario. Todavía me encanta. Porque en una frase capturó exactamente lo que yo quería hacer.
No inventar nada. No crear una tendencia. No abrir una tienda para un perfil concreto de persona con un estilo de vida concreto. Solo recuperar una manera de comprar que existía, que funcionaba, y que habíamos perdido por el camino.
Lo que recuerdo del pueblo de mi padre
De pequeña, ir a comprar con mi abuela era así: bolsa de tela para el pan, botella de cristal para que te rellenaran la leche, canasto de mimbre para todo lo demás. No había envases de un solo uso porque no había envases de un solo uso. El producto se pesaba, se envolvía o se ponía directamente en lo que tú llevabas.
Nadie llamaba a eso sostenible. Nadie llamaba a eso zero waste. Era, simplemente, comprar.
Cuando abrí Slow Shop granel no estaba creando un concepto nuevo. Estaba intentando que esa manera de comprar siguiera siendo posible. Con dispensadores modernos en lugar de sacos de arpillera, con una estética cuidada que invita a entrar, pero con la misma lógica de fondo: tú traes tu envase, compras lo que necesitas, pagas por el alimento y no por el packaging.
«Una tienda de esas como las de Madrid»
Poco después de abrir la tienda en Cantabria, la gente pasaba por delante y se quedaba mirando desde fuera. Un día oí a alguien decir: «Es una tienda de esas como las de Madrid.»
No supe muy bien cómo valorarlo. Porque sí, el aspecto es moderno. Los botes son uniformes, la tienda es ordenada y agradable. Pero el concepto es exactamente el de la tienda de barrio de toda la vida — el colmado, la cooperativa, el ultramarinos donde todo se vendía a granel porque era la única manera que existía.
El problema es que el sistema ha cambiado tanto las reglas que volver a lo de siempre parece una declaración de estilo. Parece una elección de nicho. Parece alternativo.
Y ahí es donde entra la gentrificación del plato.
Qué es la gentrificación del plato y por qué importa
La gentrificación del plato describe cómo ciertos alimentos humildes — históricamente de cocinas populares, de culturas campesinas, de economías de subsistencia — son revalorizados, reenvueltos en un relato aspiracional y reposicionados para un mercado urbano con poder adquisitivo. A un precio que los aleja de quienes los crearon.
Las legumbres eran «comida de pobres». Ahora son superalimentos artesanales. El pan de masa madre era el pan de siempre. Ahora cuesta 10€ la hogaza. La compra a granel era lo normal. Ahora parece una declaración de principios.
Nadie es del todo responsable y todos somos un poco responsables. La industria alimentaria lleva décadas monopolizando cómo, cuándo y qué comemos y arrastrando hacia su lógica a quienes queremos hacer las cosas de otra manera. Cuando tu tienda tiene dispensadores bonitos y botes uniformes, aunque vendas las mismas lentejas de siempre al mismo precio de siempre, el envoltorio visual puede crear una distancia que no buscabas.
Esa distancia me preocupa. Y es algo con lo que convivo desde que abrí.
Yo no vendo marcas. Vendo comida.
Cuando alguien me pregunta qué vendo en Slow Shop granel, siempre digo lo mismo: comida.
No vendo marcas. No vendo estilos de vida. No vendo la identidad de ser el tipo de persona que compra en una tienda como la mía. Vendo alimentos pensados para nutrir a quien los come, no para llenar los bolsillos de grandes compañías que solo miran la rentabilidad del producto.
Esa ha sido mi posición desde el principio y no ha cambiado. La tienda ha cambiado de ciudad, ha crecido, se ha hecho más bonita. Pero la lógica es la misma que la del colmado del pueblo: pesas lo que necesitas, lo llevas en lo que tienes, comes lo que la tierra da.
Por qué sigo aquí
Hay días en que me pregunto si estoy contribuyendo sin querer a lo mismo que intento combatir. Si la estética de la tienda aleja a quien más podría beneficiarse de comprar así. Si el discurso sostenible ha creado una barrera invisible.
No tengo una respuesta perfecta. Pero sí tengo claro por qué sigo:
Porque hay que crear espacios donde comprar de otra manera sea posible. Porque si tiendas como Slow Shop granel desaparecen, la única opción que queda es el supermercado con su lógica de packaging infinito y alimentos diseñados para la rentabilidad, no para la salud.
Porque el repartidor tenía razón: es como una tienda de las de antes, pero bonita. Y «de las de antes» no es un defecto — es exactamente el punto.
Esta semana en Instagram estoy hablando de todo esto más a fondo — con ejemplos concretos, reflexiones en stories y un reel sobre por qué el granel no lo inventó nadie hace diez años. Nos vemos por allí 👉 @slowshopgranel.es

